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Amor que edifica

Dice Erich Fromm, en su libro El arte de amar, que el amor materno es una afirmación incondicional de la vida del niño y de sus necesidades; y explica que la afirmación de la vida del niño presenta dos aspectos: por un lado, el cuidado y la responsabilidad absolutamente necesarios para su sobrevivencia y crecimiento; por otro, más allá de la mera conservación, la actitud que inculca en el niño el amor a la vida, la alegría de estar vivo. Esta experiencia, según Fromm, se expresa en el simbolismo bíblico de la tierra prometida, descrita como plena de leche y miel. La leche es el símbolo del primer aspecto del amor, el del cuidado y la afirmación de la vida; la miel simboliza la dulzura de la vida, el amor por ella y la felicidad de estar vivo.

Ser buena madre y una persona feliz requiere condiciones y el cultivo de actitudes que se comunican en acciones más que en palabras; es un modo de ser que se expresa en la preocupación activa por la vida y el crecimiento de lo que se ama; por eso se afirma que el ideal del amor materno es cuidar que el niño crezca física y humanamente, que valore la conservación de la vida (cuidar lo que se ama, amar lo que se cuida) y que procure un sentido pleno de la misma (una vida animada y orientada por el amor, la compasión, la cordialidad y el respeto).

En esta misma línea, en la exhortación apostólica Amoris Laetitia se retoma con ahínco la presencia de las madres en la familia y en la sociedad. De las madres se afirma que son el antídoto más fuerte ante la difusión del individualismo egoísta. Que son ellas quienes testimonian la belleza de la vida, las que en los peores momentos mantienen una actitud de ternura, entrega y entereza moral. Se dice, además, que las madres transmiten el sentido más profundo de la práctica religiosa y que sin ellas la fe perdería buena parte de su calor sencillo y profundo.

En el plano del cultivo del amor por la vida, se plantea que cuando la madre ampara al niño con ternura y compasión, despierta en él la confianza, le hace experimentar que el mundo es un lugar bueno que lo recibe, y esto permite desarrollar una autoestima que favorece la capacidad de intimidad y la empatía. De ahí la aseveración contundente hecha en el documento: “Una sociedad sin madres sería una sociedad inhumana”; y enseguida la palabra de gratitud: “Queridísimas madres, gracias por lo que son en la familia y por lo que dan a la Iglesia y al mundo”.

Amoris Laetitia reconoce como legítimo y deseable que las mujeres estudien, trabajen, desarrollen sus capacidades y tengan objetivos personales; pero no ignora la necesidad de los niños de la presencia materna en el sentido aquí descrito: como afirmación y sentido de la vida. Es consciente de que la grandeza de la mujer implica todos los derechos que emanan de su inalienable dignidad humana, pero también de su genio femenino, indispensable para la sociedad; pero hay que tomar muy en cuenta que, como sostiene Fromm, cuando las madres no solo dan vida, sino que también enseñan el sentido pleno de esta, entonces tenemos un amor que edifica; y eso produce un profundo efecto sobre la personalidad del hijo, que lleva a distinguir entre los adultos que solo recibieron leche de los que recibieron leche y miel.

Fuente: Nuestra Parroquia