Artículos

Encontrarse a uno mismo en el acompañamiento del otro

Tengo 27 años y soy madre de dos niños, Aideen y Evan. Aiden acaba de cumplir 5 años y Evan va a cumplir 4, en dos meses. Actualmente estudio en la universidad y espero graduarme este año con un bachillerato en Ciencias de Computadora y una subespecialidad en Administración de Empresas. Estudiar ha sido un gran reto para mí por mi situación económica y mi estatus de inmigración, pero la perseverancia me ha permitido llegar hasta aquí.

Recuerdo que mi familia iba a la iglesia los domingos y se reunía todos los fines de semana cuando era niña. Al pasar del tiempo nos alejamos de la Iglesia y dejamos de practicar activamente nuestra fe. Dejamos de ir a misa y me quedé con muchas preguntas; por eso decidí unirme a Ministry en lo Cotidiano (MLC), como una oportunidad de hacerme esas preguntas y tal vez recibir las respuestas que buscaba. MLC es un programa de formación de fe y desarrollo de liderazgo para estudiantes subgraduados de Dominican University, interesados en tener una experiencia de servicio a la comunidad hispana de Chicago y los suburbios circundantes, basada en la fe.

En una de mis primeras reflexiones teológicas me vino a la mente la pregunta: ¿quién soy? Era algo que me intrigaba mucho, porque mi nombre o algún adjetivo no logran describirme. La respuesta a esa pregunta es mucho más profunda; de hecho, para llegar a saber quién soy tuve que contestar primero otra pregunta: ¿de dónde soy?

Siempre se me ha hecho difícil contestar esa pregunta, porque llegué a Estados Unidos cuando tenía 2 años y he vivido aquí durante 25. Desde entonces, no he tenido la oportunidad de volver a mi país de origen. Cuando la gente me preguntaba de dónde era, siempre contestaba lo mismo: “soy de México”. La siguiente pregunta siempre era: “¿de qué parte?”. Si contestaba que era del D.F., me hacían preguntas muy detalladas que no podía contestar. En otras ocasiones, las conversaciones me hacían sentir incómoda, pues trataban de comida o tradiciones de México. Cuando no podía participar activamente en la conversación dudaba si realmente era mexicana. Por otro lado, si contestaba: “soy americana”, me criticaban, porque no parezco americana y realmente no sé cómo se supone que luzca una americana. Así es que ¿de dónde soy y quién soy?

En una de nuestras reflexiones teológicas leímos un artículo de Roberto Goizueta en el que dice: “No era, ni podía ser, uno o el otro, era ambos, estaba entre los dos”. Me sentí identificada con sus palabras. Durante años traté de encontrarme a mí misma y pertenecer a uno de los dos lugares. A medida que crecía me distanciaba de mi identidad latina. Ni siquiera me había sentado a pensar qué significaba ser latina. Me había desentendido de la cultura, la religión y las tradiciones de mis padres, porque ser latina en Estados Unidos creaba barreras para mí o, por lo menos, eso era lo que pensaba. También comencé a ver la cultura de mis padres como solo suya y no mía.

Gracias a la comunidad que encontré en MLC mi idea de lo que es ser latina se ha expandido y ahora he llegado a abrazar mi propia identidad. He logrado algo todavía más importante. Descubrí que quien soy no está escrito en piedra sino que depende de quién quiero ser y de quiénes dejo ser parte de mi vida. He llegado a la conclusión de que cada encuentro cultiva nuestro ser. MLC se convirtió en mi comunidad; allí escuchaba a mis compañeros; compartir anécdotas con ellos y escuchar sus perspectivas me ayudó a aclarar mis pensamientos y me permitió comprender mejor quién soy.

También tuve el privilegio de trabajar en Catholic Charities, una de las principales agencias de servicios sociales privadas y sin fines de lucro en el medio oeste de Estados Unidos. Ayudan a más de un millón de personas sin importar su trasfondo religioso, étnico o económico. Les ofrecen servicios como: distribución de comida, asesoría sobre asuntos de salud, viviendas a precios razonables, servicios para personas de edad avanzada, entre otros. Me sentía a gusto con ellos. No me sentía diferente, ni juzgada; me sentía como en casa.

Mientras ayudaba con la despensa de comida tuve el privilegio de conocer personas que tenían situaciones muy difíciles. Conocí a una señora que iba con su hijo de alrededor de 3 años. Cada vez que lo veía pensaba en mi hijo Evan. Visitó la despensa de alimentos un par de veces. La última vez que la vi fue uno de los últimos clientes del día. Al parecer había tenido un mal día, porque nos habló sobre el diagnóstico de cáncer de su esposo. Personas como ella me dan fuerzas, porque aunque ella se sentía herida y tal vez impotente se levantaba un día tras otro para cuidar de su familia. Conocer personas que enfrentaban todo tipo de barreras me permitió ver mi vida, desde otra perspectiva.

Otro momento significativo en mis reflexiones teológicas ocurrió cuando hablamos sobre el término “acompañamiento”. Una de mis citas favoritas de Roberto Goizueta dice que acompañar signifi ca: “relacionarnos con otros de persona a persona y tenemos que “fusionarnos” con él o ella… como seres humanos completos”. Cuando ayudaba en Catholic Charities, eso era exactamente lo que hacía. Los visitantes y yo estábamos en el mismo nivel: éramos simplemente seres humanos. Las razas y situaciones económicas no existían. Sus visitas se trataban sobre mucho más que simplemente comida. Compartíamos la lucha, nuestras dificultades o lo que fuera que el día había traído. Los acompañaba al escucharlos y al librarlos un poco de la preocupación sobre qué comerían durante las próximas dos semanas. La conexión que tenía con esas personas era muy poderosa, especialmente con otros latinos. Nunca había apreciado tanto ser latina y poder trabajar arduamente. Puedo decir que sé lo que se siente, porque vivo con ellos la lucha de todos los días. Es cierto que tenemos diferentes luchas, pero caminamos mano a mano.

Mi servicio voluntario y de acompañamiento en Catholic Charities me hizo pensar en todas las personas que han servido y caminado conmigo durante todos estos años. Me di cuenta de que mis padres sacrificaron su hogar, su cultura y su familia para poder ofrecerme una mejor vida. Ahora comprendo que mis padres me acompañaron, para que lograra tener éxito; su sacrificio es hoy la base de mis metas. Quiero que mis padres y mi familia estén orgullosos de mis logros en este país.

Soy mujer, soy latina y soy indocumentada; estas características me dan fuerza. Cuando me caigo, me levanto enseguida para seguir luchando. Ada María Isasi-Díaz dijo una vez: “La vida es lucha”. Todavía no tengo todas las respuestas a mis preguntas, pero mi camino de fe ha tenido un nuevo comienzo. Ahora puedo ver claramente la comunidad de personas que caminan a mi lado, y espero poder estar ahí para ellos cuando me necesiten. De eso se trata, ¿no?