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Dar frutos que permanezcan

Una madre de varios niños pequeños se acercó al Sacramento de la Reconciliación y le confesó al sacerdote su constante frustración por el comportamiento de sus hijos. Estaba muy desanimada con su maternidad y sentía que no era una buena madre. Se preguntaba si acaso algo de lo que les enseñaba a sus hijos se les estaba quedando o no. Su confesor le ofreció dirección espiritual usando un pasaje del Evangelio según San Juan que escuchamos al final de la lectura del Sexto Domingo de Pascua: “No son ustedes los que me han elegido, soy yo quien los ha elegido y los ha destinado para que vayan y den fruto y su fruto permanezca, de modo que el Padre les conceda cuanto le pidan en mi nombre. Esto es lo que les mando: que se amen los unos a los otros” (Jn 15:16-17).

El sacerdote le dijo: “Tú has decidido seguir a Cristo y él te ha escogido para eso; no te abandonará. Él te escogió para criar a estos niños en particular y lo que ellos necesitan es tu amor. El Espíritu Santo te acompañará y te dará los dones que necesitas. Tú entregarás tu vida por tus hijos, por amor, y ahora que están pequeños no lo van a agradecer; pero cuando ya sean adultos y tengan sus propios hijos, ellos a su vez entregarán sus vidas por sus hijos, por amor; y así tú habrás dado un fruto que permaneció”.

A veces necesitamos ser animados para seguir adelante con nuestras luchas diarias; pero, más que eso, necesitamos que nos recuerden que no es por nuestras propias fuerzas que daremos fruto. Como san Pablo nos asegura en los libros de Efesios y Corintios que leemos en los días de la Ascensión y de Pentecostés: nosotros hemos recibido la gracia según nuestro llamamiento y el Espíritu Santo nos ha dado dones a todos nosotros, a través de nuestro Bautismo. En cuanto dejamos que el Espíritu Santo actúe, a través de nosotros, los frutos del Espíritu: el amor, la alegría, la paz, la generosidad, la benignidad, la bondad, la fidelidad, la mansedumbre y el dominio de sí mismo, se darán en nuestras vidas.

En nuestra sociedad actual es muy fácil desanimarnos, cuando comparamos nuestros dones con los dones de los demás. Miramos las redes sociales como Facebook o los programas de telerrealidad y pensamos que los demás están mejor o son más felices que nosotros. Como seres humanos, todos pasamos por momentos difíciles; pero casi nadie publica en Facebook lo difícil y frustrante de su vida; al contrario, publican lo más bonito o lo que luce mejor. Por otro lado y más importante aún, nuestros dones son bendiciones del Padre y, como tales, no son para compararlos sino para recibirlos con alegría, humildad y gratitud.

No nos dejemos engañar por las cosas de este mundo. Dios nos llamó y nos dio los dones que él sabe que necesitamos, para responder a nuestro propio llamamiento ya sea como madre, padre, carpintero, administrador, sacerdote, maestra u otro. Cada uno de nosotros es un miembro importante del Cuerpo de Cristo. Dejemos que el Espíritu Santo actúe en nosotros, para que demos frutos que permanezcan.

Fuente Nuestra Parroquia