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Nos alegramos por lo que es eterno

Es tan fácil asustarnos y desanimarnos. Si nos ponemos a ver las noticias nos pueden asustar y desanimar tanta violencia, discordia, desastres naturales, una cultura en contra de nuestros principios morales, la situación política y tantas otras cosas. En muchos lugares, los inmigrantes no son bienvenidos y se asustan y se desaniman por las actitudes que encuentran en sus vecinos, compañeros de trabajo y a veces incluso en sus mismas parroquias. Además, los que no tienen documentos se sienten inseguros pensando que en cualquier momento pueden ser separados de sus familias y amigos, deportados a sus países de origen. En nuestras vidas personales también hay mucho que nos puede asustar y desanimar, como malas noticias del doctor, enfermedades de nuestros seres queridos, conflictos entre familiares, falta de recursos económicos, el comportamiento de los hijos o el no poder balancear todas nuestras responsabilidades. A veces todo parece una carga muy pesada.

En el Nuevo Testamento podemos ver las aflicciones de la iglesia primitiva. Los discípulos de Jesús y los que fueron bautizados en los primeros años de la iglesia sufrían toda clase de dificultades. Vivían en situaciones políticas muy difíciles; fueron perseguidos por ser cristianos; al convertirse muchos perdieron a sus amigos y familiares; y había pleitos entre las mismas comunidades cristianas. En los textos de la Segunda Carta de San Pablo a los Corintios que leemos este mes, vemos que hubo conflicto entre el apóstol y miembros de esa comunidad; pero, si bien san Pablo se defiende de las acusaciones de algunos de ellos, al mismo tiempo está animando a los fieles y recordándoles la paradoja de la vida cristiana: del sufrimiento viene la gloria.

San Pablo nos enseña que no debemos asustarnos y desanimarnos por las aflicciones y sufrimientos que pasamos aquí en la tierra. Aunque nuestra fe cristiana se vive aquí, tiene un propósito más allá. Nuestra recompensa viene de arriba. En vez de asustarnos y desanimarnos, nuestra fe en Jesucristo nos da una nueva perspectiva. Es igual a una mujer embarazada quien aguanta las angustias del embarazo y los dolores de parto, porque tiene su mirada en algo que no se ve y que sobrepasa el sufrimiento.

Comparado con la eternidad, nuestros sufrimientos son momentáneos. A pesar de lo que vemos en las noticias y vivimos en la comunidad, nuestra familia y nuestra vida personal, si ponemos la mirada en Dios, Él renueva nuestro espíritu día en día. Dios actúa en nuestras vidas y convierte nuestro sufrimiento en gloria. Los cristianos tenemos una fuente eterna que nos llena de fuerza y esperanza. Nos alegramos, no por lo que se ve aquí en la tierra, sino porque sabemos que Dios ya venció la muerte y el pecado; nos alegramos por lo que no se ve y lo que es eterno.

Fuente: Nuestra Parroquia